62. ¿1 Papa + 1 Papa = 1 Papa?

Perspectiva teológica evangélica del actual catolicismo vaticano

28 DE JULIO DE 2013

Hubo un tiempo en que la Iglesia Católico Romana tenía un Papa y un Anti-Papa, que luchaban ambos entre sí. Existió incluso una época en la cual tres Papas contendían por el cargo, alegando cada uno ser el único Papa legal y verdadero. Estos momentos difíciles tuvieron lugar entre la Edad Media y la temprana Era Moderna. Desde entonces, la Iglesia Católico Romana se ha asegurado siempre de destacar que es una y la única Iglesia, basándose en el hecho de que está definitivamente gobernada por una cabeza, o sea, el Papa. El uno y único Papa siempre está concebido para que sea una característica inherente y necesaria de la unicidad y la unidad de la Iglesia.

La dimisión del Papa Benedicto XVI en Febrero de 2013 ha abierto una nueva era.

La elección del Papa Francisco un mes más tarde dio a la Iglesia Católico Romana (ICAR) su nuevo líder, pero el anterior todavía vive. Desde el 2 de Mayo los dos Papas, el reinante y el emérito, han vivido hombro a hombro en el estado Vaticano a la sombra de la cúpula de Miguel Angel.

Los historiadores de mañana puede que consideren estos hechos como los acontecimientos de una línea divisoria en el desarrollo teológico e histórico del catolicismo. Se oyen voces críticas, aquí y allá, en los círculos conservadores que prevén el significado a largo plazo de esta innovación.

Los expertos en derecho canónico se mantienen firmes en que la ICAR todavía tiene un único Papa. Esto canónicamente es verdad, pero no es toda la verdad. He aquí algunas reflexiones provisionales.

UN PLAN DE JUBILACIÓN
El modelo histórico de sustentar la institución única del Papado ha sido el de elegir un nuevo Papa cuando el último ha fallecido. Es verdad que el derecho canónico provee normas para que un Papa pueda jubilarse, pero esta provisión nunca se ha aplicado en la era moderna y se creó sólo para los casos excepcionales de una enfermedad repentina e irrecuperable.

No obstante, el caso de Benedicto XVI no se adapta a esta circunstancia extraordinaria, sino más bien a una disposición ordinaria de jubilación para un Papa envejecido. Aunque anciano y frágil, Ratzinger disfruta todavía de relativamente buena salud. Pasea, habla, escribe y no está gravemente discapacitado hasta el punto de no poder ser autónomo para moverse y cuidar de sí mismo.

Más sustancialmente, el papado era considerado un ministerio permanente, una “cruz” para llevar el resto de la vida, cuyos plazos coincidían con la elección (el comienzo) y la muerte (el final). El segundo plazo está ahora cuestionado y en un anexo, es decir, la dimisión que ha sido implantada. Benedicto introdujo un plan de jubilación, como si el Papado fuera igual que cualquier otro rol elegido. La excepcionalidad del Papado es ahora menos excepcional y más comparable con los demás cargos. El Papa se queda en menos de una figura “designada por decreto divino de una vez y para siempre” y en más de un oficial provisional de una institución religiosa escogido pro-tempore (por algún tiempo).

LA COHABITACIÓN
La dimisión de Benedicto ha planteado nuevos problemas. ¿Cómo debe ser tratado un Papa retirado en función de sus títulos? ¿Cómo debe vestir? ¿Dónde debe vivir? ¿Qué perfil público debe tener, si tiene que tener alguno? Ratzinger eligió vivir en el Vaticano y se comprometió a mantener un perfil bajo, a no hablar y a no aparecer mucho en público. El alabado comienzo del papado de Francisco ha eclipsado el antiguo curso. Sin embargo, las preguntas permanecen. ¿Qué ocurrirá si un Papa jubilado empieza a expresar su opinión? ¿Y si interviene en los asuntos de la Iglesia? ¿Y si se convierte en el líder de un partido eclesiástico? Todo esto probablemente no será el caso con Benedicto, pero ahora que la puerta se ha abierto, ¿quién puede predecir las posibles consecuencias con los futuros Papas retirados?

El primer fruto de la cohabitación fue la reciente publicación de la encíclica  Lumen Fidei  (La Luz de la Fe). La firmó Francisco como su primera encíclica pero depende en gran medida de la obra de Benedicto XVI. Otras medidas serán tomadas, hasta cierto punto, en coautoría. Benedicto intentó introducir cambios en la maquinaria curial después de los escándalos administrativos, sexuales y financieros que socavarían la credibilidad de la institución. Lo cierto es que él habló acerca de estos temas con Francisco, con la esperanza de que iba a tomar medidas. Entretanto, Benedicto está en el corazón del Vaticano, atento y alerta a lo que su sucesor pueda llevar a cabo.

¿POR QUÉ UN SOLO PAPA?
El hecho de haber dos Papas vivos al mismo tiempo tiene el potencial de aumentar las preguntas sobre la naturaleza divina del Papado. Por ejemplo, ¿provocará esto que se desencadene a largo plazo una revisión de la institución?

El Papado empezó como una estructura de liderazgo histórico tomando como modelo el patrón imperial romano. Los Papas empezaron a funcionar como emperadores religiosos a medida que los romanos empezaron a desvanecerse. Se le dio posteriormente un estatus dogmático hasta el punto de definirlo como un cargo  de iure divino  (según el derecho divino).

El Vaticano I (1870) divinizó el Papado haciendo al Papa “infalible” cuando ejercía su función docente. Ahora, la dimisión de Ratzinger lo “humaniza” demostrando que este cargo es como cualquier otra responsabilidad humana, o sea, temporal y sujeto a la debilidad humana. Por otra parte, la Iglesia Católico Romana tiene un Papa reinante y un Papa retirado viviendo uno al lado del otro. Entretanto, el Papa Francisco ha inaugurado un estilo que parece estar a años luz del modelo imperial de los últimos 1500 años.

El asunto definitivo, no obstante, no es el número de Papas ni el contraste entre un estilo regio y otro sobrio. La esperanza es que todo ello origine que muchos católicos reflexionen sobre la naturaleza del Papado más allá de las afirmaciones dogmáticas tradicionales y los argumentos apologéticos superficiales. ¿No ha llegado la hora de lanzar un replanteamiento radical del Papado a la luz de las Escrituras?

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Lumen Fidei. La prima enciclica di Papa Francesco

8 luglio 2013

Come supreme autorità della Chiesa Cattolica Romana, i Papi scrivono encicliche per esporre gli aspetti della fede cristiana che ritengono particolarmente rilevanti o importanti per il loro tempo. Le encicliche segnano il profilo teologico di un dato pontificato e ne forniscono un griglia interpretativa. E’, quindi, interessante leggere la prima enciclica di Papa Francesco che si intitola Lumen Fidei (LF), la luce della fede. E’ il primo lavoro teologicamente articolato di Bergoglio da quando è diventato Papa Francesco.

Il primo elemento degno di nota è che in realtà si tratta di un lavoro che viene da Benedetto XVI, ora Papa emerito. Ratzinger aveva pianificato una trilogia di encicliche sulle virtù teologali: amore, speranza e fede (in questo ordine). A questo proposito ha scritto Deus caritas est (2005) e Spe Salvi (2007) ed era in procinto di pubblicare quella finale sulla fede, avendo già completato la prima bozza. Le sue dimissioni inaspettate nel febbraio 2013 hanno di fatto congelato il progetto. Evidentemente, però, Ratzinger ha passato il manoscritto a Francesco che ha pensato di firmarlo come parte del suo insegnamento e dopo l’aggiunta di “un paio di contributi” da parte sua (7). Siamo quindi di fronte ad una enciclica firmata da Francesco, ma in gran parte frutto del pensiero di Benedetto XVI.

Il contributo di Ratzinger è evidente in tutto il testo. Quasi tutte le citazioni provengono dalla tradizione tedesca (ad esempio F. Nietzsche, 2; M. Buber, 13; R. Guardini, 22; L. Wittgenstein, 27; H. Schlier, 30) o dalla grande cultura europea (Dante, 4; J.-J. Rousseau, 14; F. Dostoevskij, 16; J.H. Newman, 48; T.S. Eliot, 75). E’ chiaro che uno studioso come Ratzinger stia dietro queste discussioni. L’amato Agostino è di gran lunga il più citato Padre della chiesa (ad esempio 10, 15, 19, 23, 31, 33, 43, 48). E’ stata la teologia di Agostino ad essere oggetto della ricerca di dottorato di Ratzinger. I temi e il tono del pensiero di Ratzinger sono anche fortemente riflessi nel modo in questa Enciclica si occupa della questione della verità e del relativismo (ad esempio 25), o della modernità e del suo “totalitarismo” che esclude la fede (ad esempio 54).

Apparentemente Francesco è a proprio agio con tutto questo e quindi non ha operato cambiamenti o modifiche. LF ricorda “il dono della successione apostolica” attraverso la quale alla memoria della Chiesa è data continuità (49) e l’enciclica stessa testimonia la successione ininterrotta del Papato, anche per quanto riguarda la dottrina.

LF è una lunga riflessione sulla fede, divisa in quattro parti. Si inizia con il personaggio biblico di Abramo e la successiva storia del popolo di Israele. Il linguaggio è biblico (per esempio, la fede è l’opposto dell’idolatria, 13) e il tono è evangelico (ad esempio, la fede è un “incontro personale”, 13). A un certo punto il testo si spinge fino a dire che “crediamo in Gesù quando lo accogliamo personalmente nella nostra vita e ci affidiamo a Lui” (18). Fermandosi qui, si potrebbe pensare che questo sia un documento evangelico che sottolinea il linguaggio personale della fede. Questa non la storia intera, tuttavia.

Continuando a leggere si trova una sezione intitolata “La salvezza per fede”. Si noti l’assenza dell’avverbio “sola”, che è ovviamente fondamentale per la comprensione evangelica della salvezza. La Riforma protestante del XVI secolo ha insistito sul fatto che la salvezza è “per sola fede”, ma dal Concilio di Trento in poi, la Chiesa cattolica non ha accettato la dottrina della salvezza per sola grazia mediante la sola fede. Infatti, Francesco scrive che “L’inizio della salvezza è l’apertura a qualcosa che precede” (19). La fede, suggerisce il Papa, è solo l’inizio del processo, ma il cammino del credente richiede la fede più le opere, la fede attraverso i sacramenti, e la fede con la Chiesa che impartisce i sacramenti. In altre parole, la fede della LF è la fede che il Concilio di Trento ha definito nei suoi decreti e canoni. Parte del linguaggio è diventato evangelico, ma al suo centro la sostanza teologica è rimasta tridentina.

La terza parte della LF spiega nel dettaglio come ciò avvenga. Qui Francesco (e Benedetto) vuole sottolineare il fatto che la Chiesa è “la madre della nostra fede” (37-38). La nostra fede non è mai nata in noi stessi come individui, ma ci precede e ci segue. E’ attraverso “la Tradizione apostolica conservata nella Chiesa” che la fede nasce e si nutre. Citando il Concilio Vaticano II, Francesco scrive che la Chiesa “racchiude tutto quello che serve per vivere la vita santa e per accrescere la fede del Popolo di Dio, e così nella sua dottrina, nella sua vita e nel suo culto la Chiesa perpetua e trasmette a tutte le generazioni tutto ciò che essa è, tutto ciò che essa crede” (40). Non è più la Parola di Dio che apre la strada, ma la Chiesa. Il modo in cui lo fa è attraverso i sacramenti. In un passaggio rivelatore, LF dice che “la fede stessa ha una struttura sacramentale” (40). Secondo LF, la fede è un incontro personale, ma la fede è anche ricevuta attraverso i sacramenti. Queste sono le due facce della stessa medaglia. Quello che segue è una breve spiegazione della dottrina cattolica romana della rigenerazione battesimale (41-43) e dell’Eucaristia (44-45), che sono la porta della fede e la sua espressione più alta. Il Papa continua a dire che questa dottrina è una ed integra, vale a dire che le dimensioni personali e sacramentali della fede sono indivise (47-49).

Come in tutte le encicliche, anche LF termina con una invocazione a Maria, “Madre della Chiesa, Madre della nostra fede” (58-60). Mentre i discepoli chiesero a Gesù di aumentare la loro fede (Luca 17,5), LF si conclude con una preghiera a Maria: “Aiuta, o Madre, la nostra fede”.
Lumen Fidei ben raffigura l’impiego attuale del linguaggio evangelico in importanti settori della Chiesa cattolica romana. Esso è iniziato con la parola “evangelizzazione” e ora prosegue con la fede come “incontro personale”. L’uso di tale espressione, tuttavia, deve essere messo nel contesto della tradizionale dottrina cattolica romana che è tridentina, sacramentale e mariana.

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