98. Juan Calvino y el Papado

10 DE ENERO DE 2015
A lo largo de los siglos el Papado siempre ha tenido sus críticos. No obstante, es justo decir, que fue la Reforma Protestante del siglo XVI la que desencadenó la disputa más completa y masiva contra el Papado, aunando esfuerzos para mover los hilos institucionales, morales, históricos, doctrinales y bíblicos con el fin de llevar a cabo la misma. La crítica protestante alcanzó su auge con la identificación del Papa como el Anticristo. Según el Nuevo Testamento el Anticristo es alguien que está contra Cristo y su iglesia al querer ocupar su lugar y destruir su obra (p.e. 2 Tesalonicenses 2). Para los cristianos el Anticristo es el enemigo por excelencia. Esta ecuación agitó las emociones religiosas más que otros sutiles argumentos teológicos. La Reforma Protestante no fue el primer movimiento que se refirió al Papa como el Anticristo. Hubo una sólida tradición europea medieval -desde los valdenses a Wycliffe y hasta los husitas- que denunciaron también al Papa de una manera tan radical. Esta es la razón por la cual en un reciente diálogo entre luteranos y católico romanos celebrado en los Estados Unidos se reconoce este hecho: “Al llamar al papa el ‘anticristo’ los primeros luteranos se interpusieron en una tradición que se remontaba al siglo XI. No únicamente los disidentes y los herejes sino también los santos habían llamado al obispo de Roma el ‘anticristo’ cuando querían castigar su abuso de poder”.i Inclusive en este caso los reformadores no fueron necesariamente innovadores sino que se basaron en líneas de pensamiento previas bien documentadas por la historia de la Iglesia.
Así es como Juan Calvino argumentó su caso contra el Papado. El reformador francés Juan Calvino negoció con los representantes católico romanos diversas veces y de diferentes formas.ii Su principal obra, Institutes of the Christian Religion [La Institución de la Religión Cristiana] (primera edición: 1536) contiene frecuentes interacciones con las doctrinas y prácticas católico romanas. En la misma Calvino desarrolla su argumento de que el Papa es el Anticristo (Institución IV,7,25). El Papa histórico que Calvino tenía en mente era Pablo III (1534-1549), pero su crítica nunca se centra en su persona sino más bien en la institución papal. Después de subrayar el hecho de que el Anticristo establece su tiranía en contraposición al reino espiritual de Cristo, Calvino escribe que el Anticristo “no suprime el nombre de Cristo o la Iglesia, sino que utiliza el nombre de Cristo como pretexto y está al acecho bajo el nombre de Cristo como bajo una máscara”, robando a Dios su honor. Esto es, para él, una clara imagen del Papa y por consiguiente, concluye diciendo que “es cierto que el Romano Pontífice ha transferido impúdicamente a sí mismo las propiedades más peculiares de Dios y de Cristo y por tanto no puede haber duda alguna de que es el líder y el abanderado de un reino impío y abominable”. Calvino no habla de ningún papa histórico en particular sino que se refiere al papa como el representante de la institución del Papado.
Un Antídoto contra el Papado
El principal análisis crítico de Calvino del Papado se halla en dos obras en particular. En 1543 la facultad teológica de la Sorbona publicó veinticinco artículos que los candidatos a permanecer fieles a la Iglesia Católica tenían que suscribir como una especie de juramento. Al año siguiente, Calvino escribió una refutación de este resumen de la doctrina católica en su Articuli a facultate sacrae theologiae parisiensi [Artículos de la Facultad de Teología en París] citando cada artículo y proporcionando una revisión crítica, es decir, un “antídoto”.iii El artículo XXIII trata de la primacía de la Sede de Roma y ensaya las pruebas católicas para la misma. En respuesta, Calvino arguye que si bien las Escrituras hablan a menudo de Cristo como la cabeza de la Iglesia, nunca lo hacen en lo que concierne al Papa.iv La unidad de la Iglesia está fundamentada en un Dios, una fe y un bautismo (Efesios 4:4), pero no hay ninguna mención a la necesidad de un Papa para que la Iglesia sea la Iglesia. Por otra parte, en la enumeración de los ministerios y cargos de la Iglesia, Pablo no dice nada acerca de un presente o futuro Papado. Pedro fue un condiscípulo de Pablo, no su líder (similar a un papa). El Obispo Universal de la Iglesia es Cristo únicamente.
A esta evidencia bíblica de la jefatura de Cristo, Calvino agrega una referencia histórica a algunos escritos patrísticos que respaldan el mismo punto de vista del Nuevo Testamento. Incluso Cipriano de Cartago, a quien se considera frecuentemente un Padre de la Iglesia que favoreció una forma temprana de Papado, llama al obispo de Roma “hermano, compañero cristiano y colega en el episcopado”, demostrando así que no tenía en perspectiva la clase de primacía que más tarde se atribuyó al Papa. Estos tipos de argumentaciones patrísticas y bíblicas pueden hallarse en otro gigante de la Reforma Protestante del siglo XVI, a saber, Peter Martyr Vermigli (1499-1562), especialmente en su Trattato della vera chiesa e della necesità di viver in essa [Tratado de la verdadera iglesia y la necesidad de vivir en ella] de 1542.v Todos ellos parecen ser los tratamientos estándar controvertidos de la Reforma magisterial.
Lo Erróneo del Papado
Volviendo a Calvino, otra de sus obras en la que se ocupa del Papado fue escrita en 1549. Cuando Carlos intentó encontrar una solución de compromiso con el “Provisional Augsbug”, Bucer y Bullinger instaron a Calvino a responder. Entonces escribió el tratado Vera Christianae pacificationis et Ecclesiae reformandae ratio [La pacificación de la verdadera Iglesia Cristiana debe ser reformada] en el cual describe las doctrinas que deben defenderse, incluida la de la justificación por la fe. Al exponer la doctrina de la Iglesia, Calvino dedica una sección al Papado. Critica la lectura estándar católica de Juan 21, un texto del Nuevo Testamento que está considerado como uno de los cimientos bíblicos del cargo papal. Al comentar este pasaje, Calvino constata que el mandato triple a Pedro de pastorear a las ovejas debe relacionarse con la triple negación de Jesús por parte de Pedro. Este cometido no es exclusivo puesto que Pedro impulsa a los ancianos a hacer lo mismo (1 Pedro 5:2). Además, según Calvino el Papado queda totalmente invalidado porque en el Nuevo Testamento no hay ningún mandato dado a Pedro para encontrar sucesores en un sentido jurídico. Para conservar la unidad de la Iglesia, Cristo es todo lo que necesitamos. Calvino comenta después sobre la elección de Roma como la localidad preferida para la Sede del Papa. “Por qué Roma” pregunta Calvino. En sus cartas a los romanos, Pablo menciona muchos nombres individuales, pero Pedro no está en la lista. Incluso si Pedro hubiera ido más adelante a Roma, ¿por qué fue la ciudad seleccionada como el lugar central y especial para los futuros papas? ¿Por qué no Jerusalén? ¿O Antioquía? No obstante, Calvino no aborda la importancia histórica y política de Roma como las razones para el emplazamiento del Papado. Por último, Calvino acusa una vez más al Papa de ser el Anticristo a causa de su “tiranía”, “la destrucción de la verdad”, “la corrupción de la adoración a Dios”, “el quebrantamiento de sus ordenanzas” y “la dispersión del orden de su Iglesia”. Aquí podemos ver muchas similitudes con Lutero, con la excepción de que Calvino usa un tono apocalíptico no tan fuerte y es menos evidente que el del reformador alemán. Más que en inquietudes escatológicas apasionadas, Calvino se apoya en argumentos teológicos lúcidos y bíblicos en sus esfuerzos por enfrentarse al Papado.
Notas: Este texto es un compendio de mi próximo libro, A Christian’s Pocket Guide to the Papacy [Guía de Bolsillo del Papado para los Cristianos] (Fearn: Christian Focus Publications, 2015).
i “Differing Attitudes Toward Papal Primacy” (1973) [Diferentes Actitudes hacia la Primacía Papal]. Se puede acceder al texto por http://www.usccb.org/beliefs-and-teachings/ecumenical-and-interreligious/ecumenical/lutheran/attitudes-papal-primacy.cfm y es un útil resumen de los principales temas polémicos sobre el Papado entre los luteranos y los católico romanos de hoy en día.
ii Sobre las opiniones de Calvino acerca de Roma, tal como se presentan en diversos escritos, ver M. Stolk, Calvin and Rome [Calvino y Roma] en H.J. Selderjuis (ed.), The Calvin Handbook [La Guía de Calvino] (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2009, pp. 104-112.
iii Esta palabra “antídoto” volvería en las refutaciones de Calvino de los Hechos del Concilio de Trento. Ver su Acta synodi Tridentinae cum Antidoto [Sínodo Trento con Antídoto] (1547)
iv Ver también Institutes [Institución] IV,6-7 de Calvino.
v Ver mi artículo “Separazione e riforma della Chiesa ne ‘Il Trattato della vera Chiesa e della necesita di viver in essa’” [“La separación y la reforma de la Iglesia, ‘El Tratado de la verdadera Iglesia y la necesidad de vivir en ella’”]. A. Oliveri y P Bolognesi (edd. Pietro Martire Vermigli 1499-1562). Humanista, Reformador y Pastor (Roma: Herder, 2003) pp. 225-232.
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97. Turkey, Gateway To Inter-religious Dialogue and Ecumenism

December 12th, 2014

Pope Francis’ visit to Turkey (28-30 November 2014) was significant for a number of reasons. The two most outstanding reasons concern the ability of the Roman Catholic Church to engage in “dialogue”: that is dialogue with Islam and dialogue with the Patriarchate of Constantinople. The former takes the form of inter-religious dialogue, the latter is primarily an expression of ecumenism. Turkey is a threshold into the Muslim world. The country borders Syria and Iraq, places where Islamic fundamentalism threatens the sheer survival of the local Christian communities. Turkey is also the historical see of the “second Rome”, i.e. Constantinople, an influential center of Eastern Orthodoxy. The focus of the visit was therefore twofold: to foster mutual understanding with the “moderate” Islam and to advance the ecumenical agenda with Constantinople.

Your Prayers for Me

Pope Francis had several meetings with various Muslim leaders. In each of them he stressed the commonalities between Christians and Muslims in terms of them worshipping the All-Merciful God, having Abraham as father, practicing prayer, almsgiving and fasting, and sharing a religious sense of life that is foundational for human dignity and fraternity. In addressing Muslims, the Pope used the language of brotherhood and focused on what they have in common. This same approach was used in Turkey.

One interesting albeit striking element emerged as he spoke on 28 November to the Department for Religious Affairs in Ankara[1]. After referring to the common themes that we already mentioned, he said: “I am grateful also to each one of you, for your presence and for your prayers which, in your kindness, you offer for me and my ministry”. Pope Francis is used to asking for prayers for himself and to thanking people who pray for him. But in this case he was speaking to Muslims and he nonetheless thanked them for their prayers for him. It seems that in this case he went further than simply underlining commonalities in basic theology and spirituality. He went as far as recognizing Islamic prayers as legitimate, and even useful acts of intercession. Should a Christian be thankful to Muslims for their prayers? Are these prayers accepted by God? Didn’t the Pope unwarrantedly stretch the inter-faith theology that assumes that all prayers are pleasing to God and answered by Him? Didn’t he further blur the distinction between the Christian faith and the Muslim religion by implying that Christians and Muslims can pray for each other as if God accepts their respective prayers as they are?

Back to the First Millennium

The other focus of the visit was to strengthen the ecumenical relationships with the Patriarchate of Constantinople. According to the Roman Catholic principles of ecumenism, the Eastern Orthodox churches are close to “full communion” with Rome because they profess the same apostolic faith, they celebrate the same Eucharist and they have maintained the apostolic succession in their priesthood. From a theological point of view, the role of the papacy is the only imperfection that inhibits them from full communion. The papal office as it developed after the schism of 1054 AD makes Eastern Orthodox churches unwilling to accept the primacy of the Roman Pope as it stands. In their view, certain monarchial aspects of the Petrine ministry that were introduced in the Second Millennium (e.g. the infallibility of the Pope as he speaks ex cathedra) go against the collegiality principle of Orthodox ecclesiology.

Being aware of these complexities and yet wanting to promote an ecumenical breakthrough, Pope Francis said that he is willing to envisage a way forward: the Roman Church is open to concede that in order to enter into full communion with Rome, Eastern Orthodox churches need to accept the Papal office as it was understood and practiced in the First Millennium when the Church was still “undivided”. This is not a new idea – even Joseph Ratzinger was in favor of it – but it is important that Francis made it his own[2]. It seems that the way forward is to first go backwards. The Roman Church is willing to exercise its catholicity, i.e. being flexible enough to accommodate a different point of view, all while maintaining its distinctive outlook without renouncing any of it. This suggestion needs to be worked out historically and theologically. What exactly were the forms of the papacy in the First Millennium? How can they be implemented after so many centuries? How can an institution such as the Papacy that the Roman Church couched with dogma (i.e. the infallibility) be diluted for non-Catholic Christians? How can one be cum Petro (with Peter) without being sub Petro (under Peter)?

While ecumenical theologians have some homework yet to do in this field, a final comment is warranted. In the end, even the Protestant Reformation was a cry to go back to the written Word of God, i.e. Sola Scriptura! In calling for a new season under the rule of the Jesus Christ of the Bible, the Reformation beckoned the church to re-discover the Scriptures and re-submit to them. Back to the Word was a way of saying: back to Jesus Christ, back to the Gospel! The Catholic Church of the XVI century was however unwilling to receive this challenge and wanted a way forward without giving thought to the need of going backward. The Council of Trent (1545-1563) imagined a renewal without a reformation, a way forward without having to go backward. Now, Rome is ready to go back to the First Millennium and fully embrace the Eastern Orthodox churches. Why not go a bit further than the First Millennium? A return to Sola Scriptura should be the real starting point for a much needed breakthrough.

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