94. ¿Nueva Era entre católicos y evangélicos?

08 DE NOVIEMBRE DE 2014
Visitar al Papa se ha convertido en algo muy popular entre los líderes evangélicos de todo el mundo. Casi todos los meses evangélicos procedentes de las cuatro esquinas del globo son recibidos por Francisco ya sea en una conversación privada, en torno a una mesa compartiendo una comida o en el contexto de reuniones más oficiales. El Papa Francisco parece haber dirigido su objetivo hacia los evangélicos de todas las tendencias (desde los sectores altamente litúrgicos del protestantismo a los gurús del evangelio de la prosperidad, con todas las variaciones que hay en medio) con el fin de construir puentes con estos cristianos que tradicionalmente han permanecido fuera de la corriente principal ecuménica pero que, no obstante, representan el ala de la Iglesia que crece más que cualquier otra. Este fenómeno de los líderes evangélicos haciéndose “selfies” con el Papa y después transformándose en portavoces prominentes de la unidad con la Iglesia Católico Romana necesita examinarse más detenidamente.
En el ambiente de esta tendencia creciente de líderes evangélicos visitando al Papa, la visita de la delegación oficial de la Alianza Evangélica Mundial (WEA por sus siglas en inglés) con representantes de todo el mundo, el día 6 de noviembre, constituye posiblemente la primera vez que ha sido concedida una audiencia a una delegación tan extensa por parte del Romano Pontífice. El significado y la importancia de esta recepción lo atestiguan el hecho de que la alocución del Papa a la delegación de la WEA se hizo pública a través del canal oficial del Boletín de Prensa del Vaticano, que es su medio oficial.
¿Unidos en el Bautismo?
El Papa empezó su discurso haciendo referencia al bautismo como uno de los terrenos en los cuales la unidad podría alcanzarse. Después de citar Efesios 4:13 como ejemplo para la consecución de la unidad de la verdad, Francisco continuó diciendo que “esta verdad se fundamenta en nuestro bautismo, por el que compartimos los frutos de la muerte y de la resurrección de Cristo. El bautismo es un don inestimable de Dios que tenemos en común”. Curiosamente, ésta es una afirmación típica católico romana. Mientras que los evangélicos tenderían a decir que la unidad se basa en la gracia de Dios recibida mediante la fe en Jesucristo, el Papa explica detalladamente un punto de vista diferente. Según su opinión, el “sacramento del bautismo”, un sacramento eclesial, es la base para la unidad de los cristianos.
La convicción estándar evangélica es que todos los que creen en Jesucristo ya están unidos (“Creemos en la Unidad del Espíritu de todos los creyentes verdaderos”, dice la Declaración de Fe de la WEA), pero el Papa presenta una perspectiva diferente: son aquellos que están bautizados los que están unidos. Una persona bautizada por la iglesia puede o no ser un creyente como demuestra claramente el fenómeno del Cristianismo Nominal y, a pesar de todo, el Papa y su Iglesia creen que el bautismo representa una razón suficiente para la unidad. En este punto debe plantearse una pregunta: ¿Son conscientes de esto los líderes evangélicos que parecen ser tan entusiastas fans del Papa? Que los cristianos ya están unidos por el bautismo es una convicción ecuménica compartida, pero no es la posición evangélica histórica. El Papa la reforzó cuando habló sobre “la profunda unidad producida por la gracia en todos los bautizados” (citando el documento del Vaticano II Unitatis Redintegratio, 13). ¿Cómo pueden los cristianos estar unidos por la gracia con los que están bautizados pero que no profesan ni viven su fe en Jesús? La cuestión es que cuando los evangélicos hablan sobre la unidad con el Papa y el Papa habla con ellos sobre la unidad, todos usan la misma palabra pero en realidad quieren decir cosas diferentes.
No es una Mera Relación Personal con Cristo
La insistencia en el bautismo como la base de la unidad se demuestra en otro comentario que hizo Francisco en su disertación. En su reiteración en la preeminencia del bautismo sobre la fe, el Papa dijo que “el Evangelio no es meramente acerca de nuestra relación personal con Dios”. Es más que esto. Este lenguaje de tener una “relación personal con Dios” es apreciado por los evangélicos y es una de las marcas definitorias de su espiritualidad. Al Papa Francisco también le gusta utilizarlo. No obstante, la referencia al sacramento del bautismo que para él es una base suficiente para la unidad y que precede a una relación personal con Dios pone esta frase en su contexto. Según Francisco, la unidad se funda en el bautismo, no en la relación personal con Cristo. Los evangélicos también entienden que la vida cristiana es más que tener una relación personal con Cristo, aunque creen que éste es el fundamento sobre el cual debe construirse el completo discipulado cristiano. Independientemente de la visión que posean sobre el bautismo, es en todo caso, la fe personal lo que es central.
Para Francisco la gracia nos es dada no por la sola fe sino por medio del sistema sacramental administrado por la Iglesia. Esto no es meramente un aspecto menor de la diferencia. El discurso incluía un llamamiento para entrar en una “nueva era de relaciones entre los católicos y los evangélicos”. Sin embargo, si todavía no están de acuerdo en lo que consiste la base de la unidad de los cristianos y no hay ninguna indicación de apertura al cambio según el Evangelio, ¿cómo puede haber una “nueva era”?
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92. Pablo VI, un beato para tranquilizar a los conservadores perplejos

01 DE NOVIEMBRE DE 2014
La Iglesia Católico Romana tiene otro beato, o un bienaventurado, a quien la Iglesia le reconoce la capacidad de interceder a favor de las gentes que oran en su nombre. El pasado 19 de octubre el Papa Francisco beatificó a Giovanni Battista Montini (1897-1978), que llegó a ser Pablo VI (1963-1978). Un intelectual sofisticado y reservado, bien versado en literatura francesa moderna y teología, Montini se convirtió en Papa durante el Concilio Vaticano Segundo y se le encomendó la difícil tarea de finalizar el Concilio y gestionar los turbulentos años que siguieron al mismo. Pablo VI tuvo que luchar con el “espíritu” del Concilio que para muchas personas, dentro y fuera de la Iglesia, significaba la adaptación a los cambios radicales que tuvieron lugar en la sociedad occidental durante los años sesenta. Sin ser un líder natural, Montini encarnó el drama de una iglesia que sólo había alcanzado el mundo con sus palabras optimistas de apreciación pero que también se retiraba hacia unas actitudes más cautelosas.
El Momento de la Beatificación
La beatificación de Pablo VI llega al final de un Sínodo que debatió la posibilidad de un reposicionamiento de la Iglesia Católica en los asuntos concernientes a la familia. Esta reunión de obispos discutió abiertamente la readmisión de personas divorciadas en la Eucaristía, así como también un acercamiento más positivo a las nuevas formas de familia, p.e. las uniones civiles y las relaciones homosexuales. No se tomó ninguna decisión final, pero el hecho de que se previesen e incluso se defendieran ciertos cambios por parte de algunas voces progresistas hizo que los intransigentes tradicionales teman ahora que un cambio de paradigma importante esté a punto de ocurrir. El Papa Francisco convocó el Sínodo y parecía que aprobaba estos cambios, insistiendo siempre en que la Iglesia necesita tener la mente abierta. Si bien, al mismo tiempo, no quería dar la impresión de estar completamente al lado de los que deseaban volver a discutir la valoración moral católica de las diferentes relaciones humanas.
En este punto la beatificación de Pablo VI salta a la palestra. En los círculos católicos siempre se ha representado a Pablo VI como el Papa que, con su Encíclica Humanae Vitae de 1968, se oponía a los métodos anticonceptivos y se consolidaba en la moral católica tradicional en medio de la “revolución sexual”. Es factible que Francisco supiera que el Sínodo podía abrir nuevos caminos hacia el entendimiento católico de la familia y que los conservadores se perturbaran por estos cambios. Sin embargo, quería que Pablo VI fuera beatificado al final del Sínodo para enviar el mensaje que, por una parte la Iglesia Católica puede actualizar su visión y, por la otra, honrar sus tradiciones. Es tanto una realidad viva como tradicional. Por consiguiente, el momento de la beatificación demuestra la habilidad de una institución que es tradicional sin llegar a ser tradicionalista o, por decirlo de otra manera, hace los cambios sin perder su herencia. La beatificación ha sido un mensaje tranquilizador a esta sección de la circunscripción católica que se sintió desconcertada y perpleja con el resultado del Sínodo.
El Pacto de Lausana y el Evangelii Nuntiandi
Pablo VI debería ser también recordado por un interesante paralelismo de algo que sucedió en el Movimiento Evangélico durante su pontificado. En 1974, como resultado del Congreso Internacional de Evangelización Mundial convocado por Billy Graham y organizado por John Stott, el Pacto de Lausana llamó a la iglesia a implicarse en la evangelización del mundo con el Evangelio bíblico. Hasta entonces la palabra “evangelización” y el vocabulario asociado a la misma se habían tratado con suspicacia en los círculos católico romanos debido a la utilización y a las connotaciones “protestantes”. La misión y la catequesis eran más tradicionales y fueron los términos preferidos por mucho tiempo. Es solamente después del Vaticano II que el lenguaje de la evangelización empezó a usarse.
Fue en realidad Pablo VI con su Exhortación Apostólica de 1975 Evangelii Nuntiandi, quien ayudó a la Iglesia Católica a aceptar y utilizar la palabra “evangelización”, dándole una connotación católica. Es interesante resaltar que fue después de Lausana cuando la Iglesia Católica comprendió la importancia del vocablo para su misión. Al resistirse a la relajación de la moral católica, Pablo VI captó la necesidad que tenía la Iglesia de explorar la importancia de la evangelización. Ahora el Papa Francisco habla más de la “misión” que de la “evangelización” y quiere que la Iglesia sea “una casa abierta” a todos los seres humanos, dejando a un lado las preocupaciones que desgastaron completamente a Pablo VI.
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